Postales desde el quinto B, número 42

Vuelvo con el tema del inglés. Si te perdiste la reflexión previa, está en la postal número 35. Es lo que tiene el formato, no siempre hay espacio para expresarlo todo. El tema ha avivado conversaciones y claro, pareciera que mi posición es que el inglés no sirve para nada si no vives en un país donde se hable. Y eso, ni es cierto, ni lo comparto. Creo que el inglés es una ventaja en muchos ámbitos: en el trabajo, investigando, viajando, etc. Si bien, si nuestras relaciones se dan en una comunidad hispanohablante, no tiene mucho sentido dirigirnos a ella en inglés por la —improbable— posibilidad de tener un mayor alcance. Esa lógica nos podría llevar a cualquier otra lengua, como el chino, el ruso o el francés, pues la audiencia potencial siempre será mayor que tus seguidores en cualquier red social, especialmente si lo que escribes o cuentas conecta con los receptores.

Así que vengo con datos y con mi experiencia. De mi red de contactos en LinkedIn (algo más de 1000 personas); aproximadamente el 90% hablan en español y el resto lo hacen en inglés u otras lenguas, ya que ni en el 10% restante el inglés es la lengua materna mayoritaria. Hasta aquí los datos, ahora mi experiencia. En un intento de tener un mayor alcance, en 2012 decidí que debería mantener una presencia virtual en inglés, publiqué posts, mantuve mi perfil profesional, las bios e incluso tuiteé en ese idioma hasta no hace mucho tiempo. Y sin embargo, lo único que he estado haciendo es perder la naturalidad que tengo cuando me expreso en español. ¿No te parecería un flipado si hoy quedamos para tener una videollamada y me presento hablando en inglés?

Si te ha gustado esta postal, por favor: dale al ♥️ y compártela. ¡Muchas gracias!

A.


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